martes, 15 de octubre de 2013

Národní divadlo

Ayer lunes fuimos a la ópera para ver Carmen. Una ópera cómica en francés que cuenta la historia de Carmen, una gitana cigarrera de la fábrica de Tabacos de Sevilla. La entrada solo nos costó 175 CZK, es decir, unos siete euros. Lo que no está nada mal para una primera experiencia con el género.


Anissa y yo nos vestimos como correspondía (e indicaba en la entrada) y nos montamos en el tranvía 22 (sin poner los pies sobre la calefacción) que justo para en frente de la ópera. Llegamos temprano y nos indicaron en checo dónde estaban los asientos. 

Los siete euros comenzaron a cobrar sentido según subíamos escaleras y escaleras y más escaleras y escaleras para llegar a la primera galería. Teníamos la cuarta fila allí y para ver el escenario por completo era necesario apoyarse en la barandilla. Las piernas apenas nos entraban (aunque los de el patio de butacas tampoco parecían tener mucho más sitio) y no podíamos apoyar la cabeza.

En principio nos da igual, porque estamos en la ópera de Praga, ¿qué más puede pedir una? Los demás franceses llegaron un poco después que nosotras y yo pude semidesconectar para hablar solo conmigo misma mientras ellos se desquitaron en francés. Es el incoveniente/ventaja de salir solo con franceses. 

Las luces por fin se apagan y el telón se levanta para mostrar la escena. Una fábrica gris. La pantalla de los subtítulos baja y aparecen la traducción de las canciones en inglés y checo. Por un momento creo que mi cerebro se va a colapsar con tanta mezcla de idiomas pero entonces la canción famosa de la opera comienza y no puedo evitar sonreír. La piel se me pone de gallina y miró a Anissa de reojo para ver que ella también sonríe como yo. Llevábamos toda la semana tarareando la canción por Hostivar. Por fin me concentro, busco la posición, las piernas apenas me entran, me acomodo contra uno de los reposabrazos y mi cerebro asimila los subtítulos en inglés, mi corazón la música y me relajo. Me relajo por tres horas con un descanso de media en las que el nada más importa.

Salimos de la ópera a las diez y fuimos a cenar un kebab que me supo a gloria. Después, comenzó nuestra vuelta al hogar (Mordor) y la consecuente aventura en tranvía, inevitable.

Según andábamos hacia la parada siguiente a la de la ópera veo cómo el tranvía 22 se aproxima en dirección contraria. Le advierto a Anissa que si viene el de nuestra dirección tenemos que correr porque no podemos perderlo. Ella se ríe, como si estuviera loca, y entonces vemos cómo nuestro tranvía para frente a la ópera. Nos miramos un momento antes de echar a correr y llegamos a la siguiente parada junto con el tranvía. Lo habíamos logrado.

Nos sentamos y nos ponemos a hablar. Estamos contentas de no tener que hacer transbordo para llegar a Hostivar. Unos vagabundos con un perro suelto entran en el tranvía y el conductor se baja para pedirles que aten al perro. Seguimos unas cuantas paradas más hasta que el tranvía se detiene y escuchamos lo único que no queremos escuchar: "This is the last stop, please exit de tram". El conductor se baja y le dice algo en checo a un chico y después se va. El chico se vuelve hacia nosotras y nos cuenta algo en inglés que no entendemos. Los vagabundos se ponen a rebuscar en una basura. Y, en conclusión, todos juntos a esperar al siguiente tranvía. Por fin llegamos a Hostivar media hora más tarde y muertas de frío.

Entonces solo me queda hacer los deberes de Media and Society ya que solo Dios sabe qué pasará el martes que me impida hacerlos.


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