domingo, 13 de octubre de 2013

El fantástico episodio de los tranvías peligrosos


El viernes 11 de octubre, fuimos al Starbucks de IPPavlova para apuntarnos a un viaje a Budapest. El autobús estaba casi lleno pero aún quedaban 10 plazas y nosotros éramos justo 10. Fuera aún llovía, pero la vida parecía maravillosa con un café entre las manos y la suerte que habíamos tenido con las plazas.

Anissa y yo apostamos con Antonis que llegaríamos antes en el tranvía 22 (solo tranvía) a Hostivar. Él iba a tomar el metro y después el tranvía 26 para ir. Tras despedirnos nos sumergimos bajo la lluvia a esperar nuestro tranvía. Aquella era la parada en la que una vieja me había intentado robar a las 3 de la mañana cuando volvíamos de la Welcome Party. Pero daba igual. Incluso si llegábamos después que él (de lo que estaba casi segura), nos daba igual. Queríamos ir solo en tranvía para poder sentarnos y ya está. Nada de tener que estar cambiando, andando, subiendo y bajando escaleras. Solo teníamos que depositar el culo en uno de los asientos y contemplar como la ciudad de Praga se volvía gris según avanzábamos hacia Hostivar. Los edificios se volvían tristes y parecidos según nos aproximábamos al hogar, a Praha 10.

Como habíamos previsto, después de varias paradas en el centro, el tranvía se quedó vacío y pudimos sentarnos junto a la ventana. Sin pensarlo, puse uno de los pies encima de la calefacción del tranvía, que recorre todo el lateral. Me sentía genial. La ventana estaba abierta y el aire entraba en el vehículo pero podía sentir un ligero (muy ligero) calor en las piernas. Anissa me pasa uno de sus cascos y continuamos el recorrido escuchando "this is fucking awesome". Lo era.

Lo era hasta que me di cuenta de que la suela de la bota que tenía puesta encima de la calefacción estaba derretida. Y no en el buen sentido de "I tried to be chill but you are so hot that I melted". Sino en el sentido de que me había cargado la suela de una de las botas que usaba TODOS los días. Desastre, desastre, desastre. Le enseño la bota a Anissa y tras un segundo de asombro comienza a reírse casi hasta la muerte. Yo me río también. Qué remedio, era eso o llorar. 

Por fin llegamos a Hostivar. Por supuesto, Antonis ha llegado antes que nosotras, pero ya me da igual. Solo puedo pensar en la descompensación de mis zapatos. La suela derretida. Lo mucho que odio a los tranvías y el poco calor que daba la calefacción. Cuando lo recuerdo aún no sé cómo pudo fundirse tan fácilmente la suela de la bota. 




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