domingo, 29 de septiembre de 2013

¿Por qué los checos llevan perros gigantescos en el tranvía de madrugada?



Praga me ocupaba y me hacía morir de frío. De nuevo me acostaba con las manos heladas entre aquel edredón impoluto. Y tan sola como en ninguna otra parte. Tan acompañada. Anissa respiraba a unos metros de mí y dentro de poco el sol se colaría por las rendijas de aquellas persianas que no tapaban la luz. Ahora me pregunto por qué me he comprado un abrigo que no abriga si solo es otra cosa más y sigo aquí. Pero el sabor era dulce, ni eterno ni como la tortilla de patata, solo un serio reflejo de lo que me ahogaba. Menos mal que el sol llevaba escondiéndose tras la ciudad varios días y yo podía verlo desde aquella sexta planta, atrapada tras la ventana.

Atardece en Praga en mi ventana
Y si alguien sabe la respuesta a mi pregunta... estaré encantada de escucharla.

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