Praga me ocupaba y me hacía morir de frío. De nuevo me
acostaba con las manos heladas entre aquel edredón impoluto. Y tan sola como en
ninguna otra parte. Tan acompañada. Anissa respiraba a unos metros de mí y
dentro de poco el sol se colaría por las rendijas de aquellas persianas que no
tapaban la luz. Ahora me pregunto por qué me he comprado un abrigo que no
abriga si solo es otra cosa más y sigo aquí. Pero el sabor era dulce, ni eterno
ni como la tortilla de patata, solo un serio reflejo de lo que me ahogaba. Menos
mal que el sol llevaba escondiéndose tras la ciudad varios días y yo podía
verlo desde aquella sexta planta, atrapada tras la ventana.
| Atardece en Praga en mi ventana |
Y si alguien sabe la respuesta a mi pregunta... estaré encantada de escucharla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario